viernes, 3 de junio de 2011

Madrugada.

Aun no sé porque esta madrugada pensé en ella, en su caminar sinuoso, en su voz dulce de niña, en sus caderas de mujer, en sus manos de anciana, pensé en ella tan fuertemente como no la había pensado desde tiempo atrás. La recordé graciosa y serena. Y la miré en mis sueños, tan sola, tan coqueta, tan plena, con los pies maltratados de tanto caminar, una doncella con aroma de gran señora.

La recordé como la primera vez que la miré, tocaba los veintitantos años, en sus ojos tiernos dejaba entrever que no estaba aquí para perder el tiempo, su hambre por conocer el mundo apenas comenzaba. Los labios pequeños y rosados, la mirada tranquila y la frente en alto, su piel tostada por el sol, los senos firmes y pequeños, las caderas amplias y unas piernas interminables. Sus movimientos eran torpes y se dejaba llevar por la música de reggae, bebía sin pudor desde la boca de la botella de cerveza, era feliz o aparentaba serlo.

Nuestras miradas chocaron incontables las veces pero sin ningún efecto, viajábamos por orbitas diferentes en una madrugada como ésta.

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