Hoy tampoco dijiste nada, te quedaste en color verde con las manos pegadas a un sueño húmedo que jamas volviste realidad, te quedaste sentado a la orilla de aquel boulevard contemplando la escasa vegetación que crecía y pensaste en él, en tu chico ideal, al que recuerdas cada veintitantos de mes. Sonreíste tímidamente y al mismo tiempo en que tu sonrisa llegaba a su punto más bello, tu mirada se torno roja y de tus ojos brotaron sólo dos lagrimas, llevaste tus manos a la altura de tus pómulos para borrarlas, pero algo en ti que desconozco dejo que siguieran su curso.
Y nos quedamos ahí, eternos. Tú con tu largo silencio y yo con mis ganas de oírte.