Y ahi estaba yo, en ese cafe de primer mundo instalado a lado de una carretera en una ciudad de quinta. Sentado en aquella silla de fierro cromado, con respaldos color cafe de un materia que desconosco, la mesa tan perfectamente circular y al rededor de ella mis acompañantes; cada uno de ellos distinto al otro, pero ser tan distintos los complementaba y los hacia parecer tan similares. Entes asexuados, incoloros, amorfos.
El ambiente mas frio de lo normal para ser una noche de mayo, el cielo despejado, sin luna. Los autos a un costado corriendo desesperados, dejando sólo a su paso un sonido tosco y hetereo. Mis acompañantes y yo nos adentrabamos y saliamos, como en un juego sin parar, en una charla sin principio ni fin, platicando cosas que sabemos y hemos escuchado una eternidad de veces y riendo en ocasiones por compromiso, mirando sin mirar, dando abrazos llenos de hipocrecia, jurando cariños tan poco sinceros.
Y todo era bueno, perfecto, la felicidad se respiraba en el aire, las risas eran compartidas; hasta que alguien pregunto sobre mis sueños sobre la vida y yo abri mis labios y recite el comienzo de mis ultimos pensamientos, pero el discurso que apenas iba naciendo, fue ultrajado por un ruido indescriptible, como traido de ultratumba que poco a poco o talvez demasiado rapido fue en ascenso. Mis latidos comenzaron una carrera sin meta, la sangre en mi cuerpo entero elevo su temperatura, mis ojos se llenaron de furia, mi mente quedo en blanco, los dientes no dejaron de rechinar en ningun momento y no lo soporte mas, termine de beber pausadamente el liquido amargo y semicaliente que se encontraba frente a mis ojos, eleve mi cuerpo de esa silla fria y me aleje sin decir palabra alguna.