viernes, 26 de marzo de 2010

Viernes...

Sólo íbamos ella y yo, rumbo a aquel bar, como en los viernes de febrero. La noche apenas estaba iniciando y los seres nocturnos se veían caminando por las calles sucias y olorosas, buscando algún lugar donde desahogar sus penas o sus alegrías. Nosotros al igual que ellos, íbamos en nuestro mundo, intercambiando palabras sin sentido, recordando alguna situación graciosa y riendo a carcajadas. De pronto ella dijo, quiero conocer a la Maguana, nunca la he mirado.

En ese momento vino a mi mente cuando yo la conocí, de eso hace mucho tiempo. Recuerdo a una mujer mulata, delgada, cantando o tal vez gritando palabras que no entendí, estaba afuera de la catedral, mezclándose con la gente y los vendedores ambulantes.

Pero mi recuerdo se perturbo al sentir un fétido olor, era un olor de humano, de alguien que se dejo simplemente llevar por la vida, un humano en decadencia, así fue como lo sentí. Mire hacia atrás y vi a esa mujer. Los pies descalzos y estropeados, con más de alguna herida, unos mallones rojos, sucios y rotos que le quedaban chicos, puesto se le alcanzaba a ver la mitad del derrier, una sudadera que en algún momento fue blanca o de claro color; la boca ausente de dientes, los labios ausentes de maquillaje, su rostro marcado por la edad y las arrugas como heraldo del tiempo anunciando que no somos eternos.

Yo solo alcance a decirle a mi compañera de camino, deja que pase. No soportaba tan terrible olor. Nos hicimos a un lado, yo disimule ver los zapatos del aparador de una tienda que a esas horas ya se encontraba cerrada, pero mi acompañante, no dejaba de mirar a aquella mujer, que aun no terminaba de pasar. Me canse de mirar zapatos, que en lo mínimo me causaban interés y decidí, mirar a esa mujer.

Se acercaba cada vez mas, tambaleándose, sonriendo, se veía tan feliz. Parecería que no le importara, si el mundo en ese momento terminaba. Sólo estaba viviendo su momento en plenitud, de la mano de una pachita de algún licor barato. Debo confesar que sentí algo de celos por la libertad que en ese momento transmitía.

Su caminar proseguía y llego lo inevitable. Quedamos frente a frente, nuestras miradas se cruzaron y su rostro esbozó una sonrisa. Fue en ese momento cuando me di cuenta quien era, la reconocí, era esa leyenda viviente, a la que han matado tantas veces, de la que se dicen tantas cosas, algunas ciertas otras no tanto.

El olor nauseabundo que en algún momento percibí, desapareció por un momento, mire a mi amiga y compañera de aventuras y le dije, fue tu día de suerte, esa es la Maguana.

1 comentario:

  1. "Debo confesar que sentí algo de celos por la libertad que en ese momento transmitía".

    Es el punto, ella eso transmite tal vez para ti y para mi, mientras el mundo gira ella sigue libre, recordando quizás muy vagamente lo que ha vivido.

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